Empleadas del hogar: otro tipo de eesclavitud

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Alejandrina Gonzalez es empleada domestica desde los once años

Por Elena Urueta y Diana Doria

Muchos se refieren a ellas como la alegría del hogar, pero son comúnmente llamadas “muchachas”. Lavan, planchan, cocinan, cuidan niños, pasean perros y conviven. Ellas están disponibles para atender las necesidades de los empleadores de forma discreta. En su gran mayoría proceden de zonas rurales del país, muchas son indígenas cuya única opción de apoyar económicamente a sus familias es salirse de sus “ranchos” para encontrar trabajo en la ciudad. Por las tareas de limpieza doméstica, reciben remuneración monetaria y prestaciones en especie como hospedaje y alimentación.

“Desde los once años me salí de mi casa y me vine a la ciudad a buscar trabajo. Tuve que decir que tenía 13 años para que alguien me contratara y así conseguí mi primer trabajo de quedada” comentó Alejandrina González Galarza, originaria de Ciudad del Maíz en el estado de San Luis Potosí. A sus 21 años ya tiene 10 años de experiencia laboral como empleada doméstica. Sus primas, hermanas y amigas viven una situación similar ya que la gran mayoría también migraron hacia Monterrey para generar ingresos.

Según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo de 2015, son 2.3 millones de personas las que se dedican al trabajo doméstico remunerado. Dentro de las diferentes categorías dentro de este apartado, el grupo más representativo es el de los empleados domésticos cuya principal tarea son los quehaceres de limpieza en las casas particulares, además de otras actividades complementarias. Este grupo está compuesto en su mayoría por mujeres ya que de 100 empleados de hogar, 95 son del sexo femenino.

Una forma de esclavitud

Cuando se piensa en esclavitud, comúnmente se piensa en la venta pública de personas, en general afroamericanas o asiáticas, para hacer pesadas labores manuales o trabajos sexuales. Muchas de estas imágenes llevan a uno hasta los inicios del siglo pasado donde la lucha de razas estaba en alza. A pesar de que pocos lo saben, hoy en día también existe la esclavitud y alrededor de 270 mil personas en México son víctimas.

La esclavitud moderna se disfraza de diferentes maneras: matrimonios forzados, adopciones ilegales, trabajadoras domésticas sometidas por los patrones, turismo sexual, secuestro, tráfico de órganos y trata de persona entre otras. La Legislación Penal Mexicana en materia de trata de Personas y los Delitos relacionados señala que es una forma contemporánea de esclavitud cualquier actividad en la que se degrada al ser humano a la condición de mercancía y queda bajo el imperio de la oferta y la demanda dentro del mercado negro clandestino controlado, muchas veces, por las mafias de tratantes.

En México existen muchos de estos problemas, y a pesar de que no se tienen cifras claras debido a la clandestinidad de las actividades, la cantidad de personas que son víctimas de algún tipo de esclavitud es gigante. Uno de los problemas más sutiles de esclavitud moderna que hay en México es la que viven las empleadas domésticas, que son en su mayoría de descendencia indígena.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que en México hay al menos 1 millón 700 mujeres que se dedican al trabajo doméstico, lo que representa el 10% de la fuerza productiva femenil nacional. En la mayor parte de los casos, éstas viven un régimen salarial de “explotación”, que les otorga solo la mitad de lo que se paga en otros empleos similares. De éstas mujeres, el 6.3% carece de prestaciones laborales, 44% no cuenta con servicios básicos de salud, el 29% son las únicas responsables de mantener a la familia y apenas el 25% gana un salario mínimo.

Otros datos arrojados por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) señalan que el 1% de las empleadas domésticas mexicanas son mujeres con licenciatura o estudios de posgrado. También, alrededor del 86% de las empleadas domésticas no goza de vacaciones y 73% no recibe aguinaldo al finalizar el año. Finalmente, se destaca que ocho de cada 100 mujeres que trabajan en el área doméstica no sabe leer ni escribir, así como que 1 de cada 10 habla alguna lengua indígena.

Muchas mujeres de descendencia indígena viajan, en su mayoría desde San Luis Potosí, a Nuevo León, específicamente a Monterrey y área metropolitana en busca de mejores oportunidades laborales debido a que en sus pueblos natales las posibilidades de poder crecer profesionalmente son muy pocas. Éstas mujeres, migrantes y al menos un 90% de ellas indígenas, buscan poder ejercer como empleadas domésticas. Es en las áreas urbanas a donde llegan donde son víctimas de discriminación y abuso de poder debido a que desconocen sus derechos humanos.

Sin contrato no hay derechos

Cuando una señora busca “muchacha” se apoya en amigas y familiares para encontrar alguna chica que venga con recomendaciones y algo de experiencia, pero hay casos en donde la desesperación por encontrar empleada doméstica las obliga a aceptar a niñas que recién han salido de sus casas para empezar a trabajar.

Sandra Prado es una ama de casa y cuenta con una empleada doméstica de quedada que tiene apenas 15 años y la apoya con todas las labores del hogar. Ella como la gran mayoría de las mujeres pertenecientes a la clase socioeconómica media y media-alta no emplean a las mujeres bajo algún tipo de contrato escrito.

“Yo lo único que les digo cuando van a entrar a trabajar en mi casa, es el sueldo que tendrán al mes, las reglas de la casa y las tareas que tiene que hacer diariamente y si están de acuerdo empiezan inmediatamente” dijo Sandra.

Se puede decir que los contratos por escrito para las empleadas domésticas son una aguja en un pajar en México y por ende los derechos y obligaciones de la empleada y el empleador no terminan por quedar claros.

La legislación de derechos en materia de trabajadores domésticos fue elaborada en 1931 y sigue vigente. Sin embargo, las obligaciones y derechos de los empleados y empleadores de trabajos domésticos está situado dentro de la categoría de “empleos especiales” lo cual refuerza la diferencia que hay entre este trabajo con relación al resto.

Al no haber un contrato por escrito las empleadas domesticas carecen de un horario fijo de trabajo

Además, los artículos 331 a 339 que se encuentran dentro de este apartado, se caracterizan por ser ambiguos. En término de jornadas laborales, no se especifica los días de descanso de los que dispone el empleado y simplemente enuncia que los trabajadores domésticos deberán disfrutar de reposos suficientes para tomar sus alimentos y de descanso durante la noche.

Asimismo tampoco se establece la obligación del empleador de registrar al trabajador al seguro social y solo lo obliga a hacerse cargo de sus gastos médicos en caso de alguna enfermedad hasta que se recupere por completo.

Alejandrina recuerda cuando cayó por las escaleras mientras trapeaba en una casa donde trabajaba anteriormente. “La señora de la casa vio cuando me caí, y yo le dije que no me podía parar porque me dolía demasiado. Ella me dijo que no exagerara, que era un golpe leve y que ella no iba a estar gastando en doctores.”

Al laboral en un ámbito privado y poco protegido por la ley, los derechos del empleado están sujetos al criterio y buena voluntad de quien contrata. Según la Encuesta Nacional de discriminación en México solo 6.8% de las empleadas domésticas cuenta con algún tipo de prestación como IMMS, prima vacacional, vacaciones, vivienda, AFORE, etc.

Carolina González, empleada en un hogar al sur de Monterrey sabe que su sueldo por trabajar en una casa grande, con tres niños, está por debajo del promedio. “Aquí me pagan mil doscientos pesos a la semana y yo conozco a otras muchachas de por aquí que les dan hasta casi dos mil pesos por semana. Pero la verdad no me atrevo a dejar este trabajo porque esta familia me trata bien y cuando me enfermo si me llevan al doctor, luego hay otras señoras que no hacen eso.”

El salario promedio de una empleada doméstica se encuentra entre los 500 y 1300 pesos a la semana y aquellas que trabajan de planta son más propensas a sufrir explotación laboral al no haber horarios fijos de trabajo y descanso. Las migrantes indígenas son las primeras en ocupar los puestos de planta. Según la INEGI el trabajo doméstico es el empleo más desempeñado este segmento de la población.

Luchando por un trabajo digno

Las “muchachas” construyen un colectivo especialmente vulnerable, al ser la mayoría mujeres indígenas, muchas menores de edad, empleadas en el sector informal y al vivir en casas ajenas. Es por eso que en el año 2000 nace el Centro de Apoyo y Capacitación para Empleados del Hogar, CACEH por sus siglas. Su principal objetivo es la promoción y defensa de los derechos humanos y laborales de las empleadas domésticas, así como también crear una nueva concepción sobre el trabajo doméstico remunerado en el país.

CACEH cuenta con distintas actividades como capacitaciones, en donde logran reunir 30 mujeres en cada uno de los 20 talleres que imparten al año. Asimismo, esta organización también busca educar a las mujeres sobre sus derechos humanos, de trabajo, sexuales y reproductivos y ayudarlas a encontrar trabajo en hogares en donde los empleadores se comprometan a proporcionarles un trabajo digno bajo los lineamientos establecidos por la organización internacional del trabajo.

Zihuame Mochilla, es otra organización que nace como una propuesta para poder ayudar a las mujeres indígenas que llegan a la ciudad. Es una organización colectiva que pretende mejorar la condición y situación de vida que estas mujeres tienen debido a la discriminación y marginación social. Carmen Farías, fundadora y directora general de la organización, es experta en el tema de abuso hacia las empleadas domésticas y ha trabajado con ellas durante años.

Farías dijo considerar difícil que una mujer indígena pudiera tener otro trabajo que no fuera el de empleada doméstica debido a dos factores: las redes de apoyo con las que llega y las capacidades y habilidades que cuenta para obtener un trabajo. Muchas de las mujeres que llegan a la ciudad, optan por el trabajo en el hogar para tener hospedaje mientras se acoplan a la ciudad y buscan otras oportunidades.

Desafortunadamente, al llegar a sus nuevos trabajos muchas se encuentran con un muro. Se encuentran solas y vulnerables en un ambiente donde el abuso a las empleadas del hogar es normalizado. Muchos de estos abusos no son considerados como tal ni por parte de las empleadoras como de las empleadas. Por ejemplo, muchos de éstos se dan en términos de horarios de trabajo. La empleadora piensa que como la empleada vive en su casa, puede llamarla a cualquier hora y ésta, por consecuencia, considera que es normal.

“Trabajar jornadas laborales de más de 12 horas diarias sin prestaciones de ley, y que estas no prestaciones estén plasmadas en la Ley Federal del Trabajo forman parte de una discriminación estructural que fomenta estas formas de esclavitud actual”, expuso Carmen. “Otro factor que conforma esta forma de esclavitud es la ausencia de libertad de movimiento ya que una mujer que vive en el hogar en donde trabaja no cuenta con un contrato laboral en donde se estipulan las obligaciones y derechos concernientes al trabajo los horarios a los que está comprometida la empleada, así como la libertad para entrar y salir cubriendo únicamente el horario estipulado.”

Sin embargo, esto no corresponde a la realidad, la persona empleada tiene que permanecer en el domicilio y salir únicamente en su día o días de descanso. 

“En 1988 nos reunimos once países en Colombia, incluyendo México, para discutir la situación que vivimos las empleadas domesticas. Fue justo ahí donde decidimos que el 30 de marzo, día en el que concluyo el encuentro latinoamericano, fuera el día internacional de las trabajadoras del hogar. Acordamos que sería un día de lucha, no un día en donde las empleadoras nos festejaran dándonos un suéter o pastel, para nosotras el mejor regalo seria un horario de trabajo legislado, vacaciones pagadas y seguridad social obligatoria” dijo Marcelina Bautista, fundadora de CACEH.

 

 

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