La esclavitud de las empleadas del hogar

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Por Elena Urueta

Cuando se piensa en esclavitud, comúnmente se piensa en la venta pública de personas, en general afroamericanas o asiáticas, para hacer pesadas labores manuales o trabajos sexuales. Muchas de estas imágenes llevan a uno hasta los inicios del siglo pasado donde la lucha de razas estaba en alza. A pesar de que pocos lo saben, hoy en día también existe la esclavitud y alrededor de 270 mil personas en México son víctimas.

La esclavitud moderna se disfraza de diferentes maneras: matrimonios forzados, adopciones ilegales, trabajadoras domésticas sometidas por los patrones, turismo sexual, secuestro, tráfico de órganos y trata de persona entre otras. La Legislación Penal Mexicana en materia de trata de Personas y los Delitos relacionados señala que es una forma contemporánea de esclavitud cualquier actividad en la que se degrada al ser humano a la condición de mercancía y queda bajo el imperio de la oferta y la demanda dentro del mercado negro clandestino controlado, muchas veces, por las mafias de tratantes.

En México existen muchos de estos problemas, y a pesar de que no se tienen cifras claras debido a la clandestinidad de las actividades, la cantidad de personas que son víctimas de algún tipo de esclavitud es gigante. Uno de los problemas más sutiles de esclavitud moderna que hay en México es la que viven las empleadas domésticas, que son en su mayoría de descendencia indígena.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que en México hay al menos 1 millón 700 mujeres que se dedican al trabajo doméstico, lo que representa el 10% de la fuerza productiva femenil nacional. En la mayor parte de los casos, éstas viven un régimen salarial de “explotación”, que les otorga solo la mitad de lo que se paga en otros empleos similares. De éstas mujeres, el 6.3% carece de prestaciones laborales, 44% no cuenta con servicios básicos de salud, el 29% son las únicas responsables de mantener a la familia y apenas el 25% gana un salario mínimo.

Otros datos arrojados por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) señalan que el 1% de las empleadas domésticas mexicanas son mujeres con licenciatura o estudios de posgrado. También, alrededor del 86% de las empleadas domésticas no goza de vacaciones y 73% no recibe aguinaldo al finalizar el año. Finalmente, se destaca que ocho de cada 100 mujeres que trabajan en el área doméstica no sabe leer ni escribir, así como que 1 de cada 10 habla alguna lengua indígena.

Muchas mujeres de descendencia indígena viajan, en su mayoría desde San Luis Potosí, a Nuevo León, específicamente a Monterrey y área metropolitana en busca de mejores oportunidades laborales debido a que en sus pueblos natales las posibilidades de poder crecer profesionalmente son muy pocas. Éstas mujeres, migrantes y al menos un 90% de ellas indígenas, buscan poder ejercer como empleadas domésticas. Es en las áreas urbanas a donde llegan donde son víctimas de discriminación y abuso de poder debido a que desconocen sus derechos humanos.

 

Zihuame Mochilla

Zihuame Mochilla nace como una propuesta para poder ayudar a las mujeres indígenas que llegan a la ciudad. Es una organización colectiva que pretende mejorar la condición y situación de vida que estas mujeres tienen debido a la discriminación y marginación social. Carmen Farías, fundadora y directora general de la organización, es experta en el tema de abuso hacia las empleadas domésticas y ha trabajado con ellas durante años.

Farias dijo considerar difícil que una mujer indígena pudiera tener otro trabajo que no fuera el de empleada doméstica debido a dos factores: las redes de apoyo con las que llega y las capacidades y habilidades que cuenta para obtener un trabajo. Muchas de las mujeres que llegan a la ciudad, optan por el trabajo en el hogar para tener hospedaje mientras se acoplan a la ciudad y buscan otras oportunidades.

Desafortunadamente, al llegar a sus nuevos trabajos muchas se encuentran con un muro. Se encuentran solas y vulnerables en un ambiente donde el abuso a las empleadas del hogar es normalizado. Muchos de estos abusos no son considerados como tal ni por parte de las empleadoras como de las empleadas. Por ejemplo, muchos de éstos se dan en términos de horarios de trabajo. La empleadora piensa que como la empleada vive en su casa, puede llamarla a cualquier hora y ésta, por consecuencia, considera que es normal.

Trabajar jornadas laborales de más de 12 horas diarias sin prestaciones de ley, y que estas no prestaciones estén plasmadas en la Ley Federal del Trabajo forman parte de una discriminación estructural que fomenta estas formas de esclavitud actual”, expuso Carmen. “Otro factor que conforma esta forma de esclavitud es la ausencia de libertad de movimiento ya que una mujer que vive en el hogar en donde trabaja no cuenta con un contrato laboral en donde se estipulen las obligaciones y derechos concernientes al trabajo los horarios a los que está comprometida la empleada, así como la libertad para entrar y salir cubriendo únicamente el horario estipulado.”

Sin embargo, esto no corresponde a la realidad, la persona empleada tiene que permanecer en el domicilio y salir únicamente en su día o días de descanso. 

 

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